El demócrata rinde culto a la problemática, a la dialéctica, a la discusión y transformaría de buen grado la vida en café o en un parlamento. Para el hombre de «Derecha», por el contrario, la investigación intelectual y la expresión artística alcanzan sentido sólo como comunicación con la esfera del ser, con algo que, sea de la manera que sea, no pertenece al reino de la discusión sino de la verdad. El verdadero hombre de «Derecha» es instintivamente un homo religiosus, pero porque mide sus valores no con el metro del progreso sino con el de la verdad.
De aquí surge una cierta desconfianza del genuino hombre de «Derecha» frente a la cultura moderna, un desprecio impersonal hacia el vulgo de literatos, estetas y periodistas. Recuérdense las palabras de Nietzsche: «Una vez el pensamiento era Dios, después devino hombre, ahora se ha hecho plebe. Todavía un siglo de lectores y el espíritu s e pudrirá, apestará».
De aquí la hostilidad del fascismo y del nacionalsocialismo hacia la figura del intelectual deraciné. No se trata meramente de la burda desconfianza del escuadrista y del lansquenete por los refinamientos de la cultura sino también del aspirar a una espiritualidad hecha de heroísmo, fidelidad, disciplina, sacrifico. José Antonio recomendaba a sus falangistas «el sentimiento ascético y militar de la vida».
Adriano Romualdi.-